De la representación política, el socialismo y la libertad de los antiguos

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Carles M. Masip

En el siglo XIX, B. Constant proponía la existencia de dos tipos de libertad. La primera de ellas, la “libertad de los antiguos”, situada históricamente en las sociedades de la Antigüedad Clásica, “consistía en la participación activa y continua en el poder colectivo”1 por parte de la ciudadanía. “La parte que cada cual tenía en la soberanía nacional, no era (…) un supuesto abstracto. La voluntad de cada uno tenía una influencia real”2 era aquello que caracterizaba —por lo menos formalmente— la vida política, a través de la deliberación pública de los asuntos de interés general. El segundo tipo de libertad, era aquella que correspondía —según el criterio del autor, corroborado históricamente— a las sociedades capitalistas, características a partir de la revolución francesa y cuyo sistema político predominante ha sido el liberalismo, hasta el punto de confundirse capitalismo y liberalismo como un único concepto. Esta libertad, la “libertad de los modernos”, consistía —y ha consistido— en un “sistema representativo [de] poder otorgado a un determinado número de personas por la masa del pueblo, que quiere que sus intereses sean defendidos y que sin embargo no tiene tiempo de defenderlos siempre por sí mismas”3, por la cual, el papel principal de la ciudadanía sería el disfrute de la “independencia privada y (…) la búsqueda de nuestros intereses particulares”4. En otras palabras: la preocupación principal de la ciudadanía —el conjunto de la población de un Estado dado— debería y debe consistir en la satisfacción de sus aspiraciones “privadas”, que no son otra cosa que su vida económica y, de manera instrumental, de su vida “personal”.

En esta propuesta —o seguramente constatación— temprana sobre lo que debía ser el sistema político característico de las sociedades propias del capitalismo, podemos encontrar dos realidades empíricamente demostrables, así como un elemento totalmente ausente, imprescindible para cualquier análisis serio —en términos resolutivos— sobre la sociedad capitalista. El principal error de Constant —previsiblemente deliberado— es la analogía que realiza entre el concepto de ciudadanía propio de las sociedades de la antigüedad y las sociedades propias de la época contemporánea. La analogía resulta imposible, porque elimina de su análisis cualquier mención a la división de la sociedad en diferentes clases sociales. Tomando la parte por el todo, olvida que la ciudadanía, tal y como estaba constituida en la sociedad clásica, representaba en sí misma una clase social —o, por lo menos, un estamento— diferenciada de las demás existentes, tales como las mujeres, los no ciudadanos, los hombres libres o los esclavos5, mientras que en las sociedades del capitalismo, por lo menos y de manera generalizada con el transcurso de la historia, la ciudadanía es un concepto bajo el que se integran la práctica totalidad de los miembros que permanecen de manera más o menos estable bajo la tutela del Estado. Por este motivo, la “libertad de los modernos” nunca podrá ser una concepción válida para la resolución de los problemas de las sociedades contemporáneas, puesto que obvia el elemento central que las caracteriza. En cualquier caso, este ensayo sobre la “libertad”, nos sirve para constatar que, como afirmaba el autor 1) A pesar de los espectaculares avances científico-tecnológicos acaecidos en los siglos XIX y XX, estos no han repercutido necesariamente en la reducción de la jornada laboral de la mayoría de la población y el aumento del tiempo libre de ésta, por lo que una de las premisas de la “libertad de los modernos”, la ausencia de tiempo libre para la dedicación colectiva a los asuntos públicos, sigue vigente, de lo que se deriva 2) La sociedad capitalista, en su formación política más genuina, el liberalismo político, sigue dividida entre una gran mayoría de ciudadanos sin tiempo para participar en las deliberaciones políticas y, una “clase política” que, en representación del conjunto de la ciudadanía, se dedica profesionalmente y a tiempo completo a los asuntos públicos.

El sistema político que se deriva de esta realidad, comúnmente llamado “sistema representativo” o “democracia representativa”, se encuentra actualmente en franca bancarrota debido a la escisión social existente por la diferenciación entre “representantes y representados” que el capitalismo ha sido incapaz de resolver y que está poniendo en tela de juicio —por lo menos en muchos países de gran tradición democrática— la esencia misma y los pilares básicos de la democracia liberal y sus parámetros de legitimación, representación y consenso que, históricamente, habían funcionado con cierto éxito.

Esta realidad ha supuesto en los países capitalistas con modelos de “democracia representativa” más o menos profundos, una perpetuación de la dominación por parte de la burguesía sobre las demás clases sociales, especialmente sobre la clase obrera, puesto que su posición inicial en los procesos de legitimación política —fundamentalmente en el plano electoral— siempre ha sido y será incomparablemente más ventajosa, entre otras circunstancias, por su potencial económico —derivado de la extracción de plusvalía al trabajador—, su “independencia personal” y su falta de necesidad de trabajar, es decir, de su tiempo libre. No hay que ser un observador especialmente agudo para comprobar, por ejemplo en el caso de España6, cómo innumerables empresarios “dan el salto” del mundo de la empresa privada a la política —y viceversa—, precisamente gracias a esa “independencia” a la que hacíamos referencia y a su falta de necesidad de acudir a un puesto de trabajo para percibir un salario como medio fundamental de subsistencia. Por el contrario, los miembros de las clases subalternas de cualquier sistema capitalista, particularmente los asalariados, encuentran —los que están predispuestos a ello— tremendas dificultades para participar en la vida política, puesto que deben la totalidad de su existencia al trabajo, que es el único elemento que les provee de lo necesario para sufragar sus necesidades materiales y espirituales. Igualmente, las condiciones laborales bajo las que se encuentra, son las que marcan su existencia social más allá de los límites de la empresa, con evidentes limitaciones como son, por ejemplo, los horarios, generalmente preestablecidos y con estrechos márgenes de modificación y adaptación. Seguramente, nadie pueda imaginar a una recepcionista de un hotel, un camarero de un restaurante o un peón de una fábrica de automóviles, acudiendo al jefe o al director de recursos humanos de la empresa, solicitándole flexibilidad horaria o exención de horas —que en cualquiera de los casos, dejaría de cobrar, suponiendo igualmente un problema— para poder participar en una reunión del partido político de turno o en una asamblea de la asociación de vecinos de su barrio, por poner cualquier ejemplo.

Históricamente, y conforme el sistema capitalista iba desarrollándose y la clase obrera tomando consciencia de sus propios intereses, los trabajadores han buscado fórmulas para mejorar su participación y representación dentro de los marcos representativos del Estado. De esta necesidad de hacer sentir su propia voz, de manera independiente de la burguesía, surgieron algunas de las primeras reivindicaciones obreras básicas como la reducción de la jornada laboral o la remuneración económica por el ejercicio de cargos de representación institucional —conquista que vuelve a encontrarse en el punto de mira, cuando no directamente eliminada, como en el caso de Castilla-La Mancha—, como mejoras en la posición de los trabajadores para participar de la toma de decisiones y la vida política en general, “recortando” así distancias con unas clases pudientes abismalmente más aventajadas para dedicarse en exclusividad o, por lo menos, con muchas mayores facilidades, a la vida social y política

Sin tener aquí en consideración el carácter del trabajo en el régimen de producción capitalista, donde el trabajador, según P. Lafargue, está “entregado en cuerpo y alma al vicio del trabajo, contribuyendo con esto a precipitar la sociedad entera en esas crisis industriales de sobreproducción que trastornan el organismo social”7, nosotros queremos centrarnos en cuál ha sido la situación de la clase obrera en relación con la “libertad de los antiguos” y la “libertad de los modernos”, en las experiencias de construcción socialista realizadas durante el siglo XX, particularmente en la Unión Soviética, que fue la base y referencia de los demás regímenes del “socialismo real” de Europa del Este8. No es el objeto de este trabajo analizar cuáles fueron las conquistas materiales de la clase obrera en los países socialistas, aunque no cabe duda que éstas no fueron pocas. En este sentido, los países socialistas consiguieron el pleno empleo, mientras las sociedades capitalistas —con la excepción de los países del capitalismo “central” durante la “edad de oro” del tercer cuarto del siglo XX— generaban sin remedio grandes masas de trabajadores que engrosaban el “ejército de reserva”, que ya había caracterizado K. Marx en el siglo XIX. También es innegable que los ciudadanos de la URSS y los países del “socialismo real” conquistaron amplios derechos económicos y sociales, tales como una educación y una sanidad universales y gratuitas, estabilidad laboral y salarial, amplio acceso a la cultura, etc., particularmente destacables si tenemos en cuenta la realidad anterior de esos países, caracterizados generalmente por un gran atraso con respecto a los países del capitalismo “occidental” y con unas masas sumidas en la más absoluta miseria. Sería arriesgado y polémico intentar enumerar cuáles han sido o deberían ser los objetivos concretos de la clase obrera en su lucha por el socialismo, pero podemos afirmar sin temor a equivocarnos que, entre ellos, está la construcción de una sociedad sin clases o, por lo menos, de una sociedad en que todos sus miembros estén en igual capacidad y cuenten con las mismas oportunidades en la vida social y, por lo tanto, también en la vida política. De ahí las archiconocidas consignas “de cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades”9 o “ni en dioses, reyes y tribunos, está el supremo salvador”, particularmente interesante en relación con la cuestión de la “representación” en el marco de la construcción socialista.

En consecuencia, no tiene sentido hablar de la “libertad de los modernos” en el marco de una sociedad socialista, ya que su premisa básica es la escisión de la sociedad en dos cuerpos distintos. Por un lado, el cuerpo de los “representantes”, que ya no requieren del trabajo manual para su subsistencia, mientras que los “representados” necesitan todavía de su trabajo para mantenerse con vida y satisfacer sus necesidades, lo que constituye una quiebra de la pretendida igualdad —que no igualitarismo— que constituye la característica central del socialismo. Por lo tanto, la conclusión lógica, sería que la “libertad de los antiguos” debería ser el tipo de “libertad” característica del socialismo. Muchas voces se han alzado por la consecución de este tipo de “libertad” en los países capitalistas, particularmente del capitalismo “occidental”, desde la irrupción de los “nuevos movimientos sociales” a partir de los años sesenta. Estas voces, abogan por convertir la “democracia representativa” en “democracia participativa”, es decir, una sociedad donde la diferenciación entre “representantes y representados” quedaría abolida o paliada por la participación activa y en igualdad de condiciones en los asuntos públicos de los diferentes miembros de la sociedad. Pero la “democracia participativa” tiene un problema en el capitalismo: la existencia de las clases sociales y, por lo tanto, la desigualdad en términos de tiempo libre de los diferentes miembros del cuerpo social. La instauración de un modelo de “democracia participativa” bajo condiciones de producción y distribución capitalistas, no sería más que un nuevo artificio de legitimidad política, en el que los trabajadores seguirían dedicando la mayor parte de su tiempo vital al trabajo asalariado, mientras las clases parasitarias y más acomodadas, coparían nuevamente los espacios de deliberación y decisión política.

Por lo tanto, y partiendo de la premisa que la “libertad de los modernos” es incompatible con el socialismo como lo es al capitalismo la “libertad de los antiguos”, ¿podemos afirmar que las experiencias socialistas del siglo XX se regían por la “libertad de los antiguos”? La respuesta, evidentemente, es que no. La Unión Soviética —a la que tomaremos a partir de ahora como única referencia—, desarrolló un extenso entramado institucional, tanto para el Estado como para el partido —que a menudo se confundían entre sí—, caracterizado por un modelo “representativo” que, incluso en ocasiones, apelaba a valores clásicos de la democracia liberal, como la elección de representantes a través del sufragio universal y secreto o el establecimiento de cámaras de diputados —tanto congreso como senado— a nivel nacional con arreglo a criterios territoriales. El socialismo proclamó el poder de la clase obrera —con la consecuente eliminación de la burguesía como clase social, que efectivamente se realizó, puesto que en la Unión Soviética, por lo menos durante la mayor parte de su existencia, ésta no existía— pero.

El propósito del socialismo, no consiste solamente en proclamar el poder del pueblo trabajador, sino en dar al pueblo trabajador la posibilidad real y práctica de ejercer ese poder. Si un trabajador debe pasar ocho horas frente a las máquinas y puede participar en la gestión del Estado sólo terminada su jornada laboral, cuando ya las puertas de los Soviets y de Comités Ejecutivos, Comités de Partido distritales y municipales están cerradas, entonces el poder popular es solo un término proclamado. Ahí nos queda sólo esperar que el aparato de funcionarios públicos contratados (por alguna razón) no actúe en su propio beneficio, sino en interés de la clase trabajadora y de la sociedad en general.10

Este fragmento, escrito por un autor nada sospechoso de heterodoxia en el campo del marxismo, sitúa brillantemente el principal problema que encontró la construcción socialista en el marco de su estructuración política. En la Unión Soviética, la jornada laboral nunca se vio reducida más allá de las ocho horas diarias, por lo que la compatibilización de la vida laboral con la participación directa en los asuntos públicos, nunca fue más posible para un trabajador soviético de lo que lo fue —por lo menos hablando de participación en abstracto, sin considerar la incidencia ideológica de su clase sobre las decisiones institucionales, claramente diferente entre los sistemas socialistas y capitalistas— para un trabajador alemán o estadounidense. La argumentación habitual contra esta crítica, sería sacar a colación —y seguramente con parte de razón— la necesidad del poder soviético de desarrollar rápidamente la totalidad de las fuerzas productivas del país para defenderse del cerco capitalista, para después competir e incluso intentar superar el potencial económico del mundo capitalista, en algo que acabaría llamándose la “emulación socialista”. El problema de esta dinámica consistente en “desatar las fuerzas productivas” en un intento de competir en cuanto a resultados económicos con el capitalismo, es que no tomaba en consideración la distinta naturaleza de los dos sistemas sociales, sin entender que un sistema comprometido en la satisfacción de las necesidades de todos sus miembros por igual, nunca podrá competir en pie de igualdad con un sistema que explota sus propias capacidades de desarrollo a costa de la miseria de su propia población, el expolio, la rapiña internacional y la guerra.

Si tomamos como válido todo lo expuesto anteriormente, nos inclinaremos a aceptar que uno de los principales problemas de la construcción socialista en el siglo XX, fue precisamente su incapacidad de superar la dicotomía entre “representantes y representados”, generando además una “clase” de burócratas que, con el paso del tiempo, ya ni siquiera debían sentirse como “representantes” de la clase obrera —como no se sienten representantes de nadie muchos funcionarios en el sistema capitalista—, sino simplemente como funcionarios del Estado en el que les había tocado nacer, que casualmente era socialista.

Si queremos que las próximas experiencias socialistas culminen en un éxito definitivo, “tenemos que plantear y solucionar la cuestión de la participación de los trabajadores en el proceso de su poder (…) no desde el punto de vista idealista, sino materialista. No basta con convocar a los trabajadores a participar en la gestión del Estado, sino que, primeramente, es necesario asegurar que tengan tiempo para ello”11. Por lo tanto, es necesario que los trabajadores reivindiquen definitivamente el viejo sueño de “el derecho a la pereza”, la reducción constante de su jornada laboral, como elemento central que les permitirá gozar de tiempo libre para ser partícipes de su propio poder en el socialismo, no solamente de manera formal, sino real, participando aquellos que así lo quieran en todos los procesos de toma de decisiones, de manera democrática.

Notas:

1 Constant, Benjamin, Escritos políticos. Madrid: Centro de Estudios Constitucionales, 1989, pp. 267-268.

2 Ibídem, p. 268.

3 Ibídem, p. 282.

4 Ibídem, p. 282-283.

5 “Los ciudadanos [en Atenas] eran verdaderos nobles, que no debían ocuparse más que de la defensa y de la administración de la comunidad, como los guerreros salvajes de los cuales descendían. Debiendo tener todo su tiempo libre para velar con su fuerza intelectual y corporal por los intereses de la República, encargaban todo trabajo a los esclavos”. Heródoto cit. por Lafargue, Paul, El derecho a la pereza [en línea]. 1848. [Consulta: 31 de marzo 2014].

6 El caso del actual gobierno español es especialmente significativo, cuando la mayoría de sus ministros son destacados empresarios en diferentes sectores económicos del país.

7 Lafargue, Paul, El derecho a la pereza [en línea]. 1848, pp. 11-12 [Consulta: 31 de marzo 2014].

8 Por países de “socialismo real”, nos referimos a todos aquellos Estados que instauraron el socialismo con anterioridad a 1949, a excepción de la URSS y Mongolia. Entre ellos encontramos a Polonia, la República Democrática Alemana, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria, Hungría, Albania y, en menor medida, ya que rompió con el resto del mundo comunista en 1948, a Yugoslavia.

9 Marx, Karl, Crítica al Programa de Gotha. Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1979.

10 Popov, Mikhail V., Cambio del carácter de la producción en el proceso de construcción y desarrollo del socialismo. En: Revista Comunista Internacional. Partido Comunista de los Pueblos de España, 2011, nº 2, pp. 103-104.

11 Popov, Mikhail V., Cambio, op. cit., p. 104.

 Rebelión

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